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12 octubre, 2010

James Joyce (introducción)












Introducción



por Ana Alejandre

Hablar de James Joyce es hacerlo de uno de los escritores más emblemáticos e influyentes del siglo XX, reconocido como tal por el extraordinario análisis psicológico de los personajes que hace, y por sus desconcertantes e innovadoras técnicas narrativas que han hecho decir a alguno de sus más importantes estudiosos de su obra que, después de veinte años de tratar de comprender una de sus libros más importante, además del mítico Ulises, como es Finnegans Wake, de 1939, su última y más enigmática obra, aún no sabe de qué trata o qué quiere decir con ella.
Es por ello, que no se comprendería la literatura del siglo XX sin esta figura literaria que encierra en su talento narrativo el deseo de no ponérselo fácil a lectores y críticos, tal como dice la siguiente cita de su autoría: “He puesto muchos laberintos y enigmas que mantendrán ocupados durante siglos a los profesores, discutiendo sobre lo que yo quería decir. Es la única manera de lograr la inmortalidad”.
Pasemos a ver la biografía de este irlandés universal que revolucionó la literatura de su época y cuyos ecos e influencias llegan hasta nuestros días.

James Joyce, biografía






Biografía de James Joyce


por Ana Alejandre


Nació en Dublín, concretamente en el suburbio de Ratgar, el 2 de febrero de 1882, en el seno de una familia católica. Su padre era un funcionario con una economía nada saneada, teniendo en cuenta que el matrimonio tenía diez hijos, del que era el mayor James. Esa circunstancia le permitió cursar estudios con los jesuitas que le influyeron  en un doble sentido: en la rigurosidad  metódica que aplicaba en sus escritos, en primer lugar; y en la aversión al catolicismo  al que criticó fervientemente, en segundo lugar.
La situación económica familiar se agrava y se ve obligado a abandonar dicho colegio para pasar a estudiar a otro público, el colegio Belvedere. En esta etapa comienza a desarrollarse su innegable vocación literaria.
Se matricula en el University Callage de Dublín, en 1898.para estudiar lenguas comparadas que siempre le habían despertado sumo interés. Empieza a colaborar con la Forthnighly Review, en la que publica un estudio sobre Ibsen, titulado 'El nuevo drama de Ibsen', autor que se había convertido en un referente literario a lo largo de su juventud. Es en esta época universitaria cuando rompe definitivamente con la Iglesia Católica.
Posteriormente, en 1902, cuando consigue su graduación, se marcha a París para proseguir sus estudios. Por la ruina familiar que se produce en esos años, tiene que volver a Dublin, sobre todo porque su madre cae gravemente enferma y le suplica antes de morir a su hijo que no renegará de la religión católica como había estado haciendo desde su época universitaria y que cuidará de su padre que ya está completamente alcoholizado y enferme, sumido en la mayor miseria. Todo indica que no hizo caso a ninguna de las peticiones de su madre y que ni siquiera mostró arrepentimiento ante su lecho de muerte, lo que no le fue perdonado por su familia.
Muerta su madre se inicia una etapa de desesperación para el escritor que comienza a frecuentar los barrios bajos de Dublin, etapa ésta que le inspiró parte de su obra. En esa etapa tenía como única salida el arte, pero sumido siempre en una escasísima economía, basada en diversos trabajos y en los préstamos de sus amigos. Fue en 1907 cuando sufrió el primer ataque de iritis, grave enfermedad ocular que le provocó casi una ceguera total.
Música de cámara, fue su primera obra publicada en 1907, contiene 36 poemas de amor, de exquisita factura,  en los que se  reflejan nítidamente la influencia de la poesía lírica isabelina y  la poesía lírica inglesa de finales del siglo XIX. Su segunda publicación, un libro de 15 cuentos titulado Dublineses (1914), tiene como tema central las vivencias de la infancia y adolescencia, de la familia y de la vida pública de Dublin. Aunque estos cuentos fueron encargados para ser publicados en una revista destinada a granjeros, The Irish Homestead, el director de dicha publicación consideró que esta obra no era la más apropiada para el público lector a la que iba dirigida.
Fue en 1904 cuando tuvo su primer encuentro con la camarera Nora Barnacle con la que conviviría sin mantener matrimonio hasta 1931, cuando ya habían nacido los hijos de la pareja y por deseo ferviente de su hija Lucía que instaba a sus padres a que se casaran. La familia vivió sucesivamente en Trieste, París y Zurich. Ambos se trasladan a Zurich y luego a Trieste para cubrir una plaza de profesor de inglés en la Berlitz.
Por aquel entonces, Trieste, era un puerto pequeño y sin importancia económica alguna,  pero no por ello carente de interés cultural, ya que era un crisol de culturas, lenguas,  razas y  tradiciones  que se fundían entre si, por lo que se había convertido  un una especie metrópolis intercultural  en la que se fundían las culturas  mediterráneas y orientales, lo que influyó especialmente en sus obras.
En Trieste, el escritor escribió "Dublineses" y parte del "Retrato del artista adolescente", pleno de actividad creadora.
 En 1912 vuelve a Irlanda,  donde quería publicar el libro dedicado a las "Gentes de Dublín", que el primer título de "Dublineses". A pesar de ello, se embarca en un proyecto relacionado con el cine Volta que parecía tener un gran predicamento en esos años y se prometedor de sustanciales ganancias, pero el proyecto fracasó y se arruinó completamente, por lo que se ve de nuevo obligado a volver a Trieste para seguir con sus clases de inglés y allí nacieron sus dos hijos Giorgio y Lucía.
Cuando comienza la I Guerra Mundial tuvieron que trasladarse a Locamo (Suiza) y empezaron de nuevo sus problemas económicos, pero esta vez encontraron el apoyo en manos de los Rockefeller que, conociendo la fama del escritor que se estaba perfilando como uno de los mejores en lengua inglesa, le subvencionaron la publicación de sus obras, algunas en revistas como es el caso de Retrato de un artista adolescente que fue publicada en una revista de Nueva York que le dio una gran difusión.
La primera novela de Joyce fue Retrato de un artista adolescente, publicada en 1916, y es de influencia autobiográfica, ya que retrata la adolescencia y juventud de un joven escrito Stephen Dedalus que no conseguía un editor para su obra. En esta novela, Joyce utiliza un estilo intimista, basado en el diálogo interior de los personajes, con una recreación rica en matices de la vida interior de los mismos y una descripción sorprendente de sus emociones y pensamientos, recurso que utilizaría en obras posteriores. Joyce también se interesa por el teatro y escribe la obra Exiliados en 1918.
Sin embargo, la obra cumbre de Joyce, se publicó en 1922, obra que rompe con toda la literatura convencional del momento, pues en ella se encuentra experimentos con el lenguaje, gran riqueza simbólica, estilos periodísticos, parodias de catecismos, sin olvidar las duras críticas y feroces ataques a la Iglesia Católica y al Estado. Por su contenido, algunos de sus capítulos fueron tachados de “obscenos” y fueron muy censurados.
Esta obra tiene como base la propia Odisea, pero en una parodia crítica e irónica. La acción transcurre durante 24 horas del día 16 de junio de 1904, en los que transcurren las peripecias juveniles de unos amigos dublineses de un estrato social medio bajo. Sus personajes Leopold Bloom, su mujer Molly, y Stephen Dedalus, personaje que ya existía en El retrato de un artista adolescente, a los que hay que sumar la ciudad de Dublín como trasfondo y escenario en el que transcurre la acción, lo que le añade la crítica social de ese tiempo con una vivacidad definidora y transgresora, al mismo tiempo, que dota a esta obra de una extraordinaria y melancólica belleza, no exenta de estupor que deja al lector con una indefinible sensación de que lo que ha leído está demasiado cerca, vivo y palpitante por lo que resulta difícil de olvidar, aunque algunas veces puede resultar incomprensible.
En la década de los veinte se traslada a París y es en esos años cuando la enfermedad ocular que venía padeciendo se agudiza de forma irreversible. Sus viajes a Irlanda se van espaciando, pero en un viaje a Inglaterra se empieza a pergeñar en su mente lo que sería su siguiente obra: Finnegans wake, obra ambiciosa en la que trata de explicar a través de la ficción una teoría cíclica de la historia y para ello utiliza sus novedosas técnicas narrativas: mundo onírico, pues utiliza los sueños que ha tenido su protagonista Humphrey Chimpden Earwicker, durante una sola noche –aquí de nuevo recurre a la compartimentación temporal del tiempo narrativo, al igual que en Ulises- juegos con las palabras y el lenguaje, uso de diferentes idiomas,  y nuevos experimentos narrativos. Fue publicada ya en 1939, dos años antes del fallecimiento de Joyce, pues murió a consecuencia de una peritonitis que le sobrevino después de padecer una úlcera de duodeno.
Otras obras publicadas son dos libros de poesía, Poemas, manzanas (1927) y Collected Poems (1936).
Stephen, el héroe,  que fue publicada en 1944, se considera una primera versión de Retrato. Además, en 1968, su biógrafo, Richard Ellman, publicó un original inédito Giacomo, obra poco extensa y que se considera la primera versión de Ulises.
El estilo de Joyce está basado en la utilización de símbolos para poder expresar lo que el propio autor denominaba “epifanía”, es decir la revelación de cualidades interiores que permanecían ocultas. Por ese motivo, en sus primeras obras se advierte la precisa descripción anímica y psicológica de sus personajes, además de hacer una excelente observación de los problemas graves de Irlanda y de sus artistas a principios del siglo XX.
Otro tema referente en la obra de Joyce es el análisis que realiza sobre todo en sus dos últimas y más importantes obras, de las relaciones familiares de los artistas que son los protagonistas, en toda su complejidad de caracteres y en su siempre turbulenta vida amorosa, cuestiones éstas que son de vital importancia en todo artista por su propia idiosincrasia.
Resumiendo, Joyce empleó sabiamente y supo combinar a la perfección los tres estilos literarios predominantes en su época como eran el realismo, naturalismo y el simbolismo, éste último que empezaba a surgir, consiguiendo unos resultados de tal riqueza literaria que es de todos conocida y que ha tenido una gran influencia y resonancia en la literatura de la segunda mitad del siglo XX, hasta llegar a nuestros días.




Bibliografía consultada:


Bibliografía sobre James Joyce.

Se relacionan aquellos libros publicados en España y que se exponen ordenados alfabéticamente.

En otros idiomas, principalmente el inglés, existen infinidad de obras sobre J. Joyce y su obra que no se relacionan por no hacer exhaustiva esta lista bibliográfica.

Eco, Umberto. Las poéticas de Joyce. Barcelona: Lumen, 1993. Obra fundamental, por rigurosa, exhaustiva y completa de la obra, el estilo y el lenguaje del gran escritor irlandés..


Ellmann, Richard. James Joyce. Barcelona: Editorial Anagrama, 1991. La biografía más
definitoria y profunda de Joyce.

Gilbert, Stuart. El "Ulises" de James Joyce. Madrid: Siglo XXI Editores, 1971. Obra de análisis crítico y linguístico que estudia el paralelismo entre el Ulises de Joyce y el de Homero. Es fundamental para el estudio de la obra más emblemática de J. Joyce.

Gross, John. Joyce. Barcelona: Grijalbo, 1975. Quizás es el libro más fácil y ameno en su lectura y que aporta nuevos y originales puntos de vista para entender al escritor en cuestión. Recomendable para quines deseen una primera toma de contacto con el universo de Joyce.

Hayman, David. Guía del Ulises. Madrid: Editorial Fundamentos, 1979. Este libro es a modo de guía para iniciarse en el apasionante mundo del creador de Ulises. Es de lectura muy interesante y amena. Muy recomendable para los no iniciados en la obra de la que trata.

Todos estos títulos son fundamentales, magníficos en su estudio y planteamiento y, por ello, muy recomendables.

Comentario sobre la obra de James Joyce



Comentario


Todo parece indicar que, además de sus enfermedades, el fracaso de esta última obra en la que se recogen todas las novedosas técnicas narrativas que utilizaba este autor, pero llevándolas hasta límites extremos como puede ser la utilización de múltiples idiomas –se pueden llegar a contar hasta sesenta-, vocablos sorprendentes por desconocidos, incluyendo palabras nuevas.
Además, a este escritor, como a otros muchos, los marcó gravemente las dos guerras mundiales en los que sus países se vieron involucrados, con el consiguiente exilio y penurias sin fin que tuvieron que soportar.
James Joyce, por tanto, pertenece a esa generación de artistas, de escritores, que usaron nuevos lenguajes de expresión que ahora se podrían calificar de vanguardias, pero que no son más que la forma que el arte tiene de expresar la crítica feroz al mundo que les toco vivir, que es el mismo de ahora, pero con menos adelantos tecnológicos.
Esta generación de artistas, son los que dan el grito de alarma porque han vivido y sufrido la horrible hecatombe que han supuesto las dos guerras mundiales que han dejado el mundo anterior aniquilado; y nos ofrecen en sus obras la advertencia de que los restos de esa misma tragedia, repetida en diferentes décadas, deben ser una aviso para la Humanidad, y lo hacen con las únicas armas de su talento, de su capacidad creadora, ofreciéndonos la visión que ha quedado en sus retinas de que ya nada será igual que antes, igual a ese mundo que ellos vivieron y del que presenciaron su fin, porque, en definitiva, nos advierten a través de sus obras, que todo puede volver a repetirse y ser aún más horrible que lo anterior. Para ello, nos dejan ese infinito legado de arte y belleza que nos proporciona a todos una nueva y más lucida mirada.



Citas de James Joyce









He puesto muchos laberintos y enigmas que mantendrán ocupados durantes siglos a los profesores discutiendo sobre lo que yo quería decir. Es la única manera de lograr la inmortalidad.

Me hablas de lengua, patria y religión. Esas son las redes de las que he de procurar escapar

Los genios no cometen errores. Sus errores son siempre voluntarios y originan algún descubrimiento.

Dios ha hecho los alimentos y el diablo, la sal y las salsas.

Las naciones tienen su ego, al igual que los individuos.


Una nación es mucha gente que vive en el mismo lugar.


Las acciones de los hombres son las mejores intérpretes de sus pensamientos.

Yo soy el mañana, o algún día futuro que establezco hoy. Hoy soy lo que he establecido ayer o en días anteriores.”


El amor (entendido como un deseo hacia el otro) es un fenómeno tan poco natural que se repite muy pocas veces. El alma no puede permitirse ser virgen otra vez y no tiene la energía suficiente para desterrarse nuevamente en el océano de otra alma.

La irresponsabilidad forma parte del placer del arte. Aquella parte que ninguna escuela reconoce.

El día que muera, Dublín estará escrito en mi corazón.

No pen, no ink, no table, no room, no time, no quiet, no inclination (no pluma, no tinta, no mesa, no habitación, no tiempo, no quietud, no inclinación -vocación-).
.
Me dan miedo esas grandes palabras que nos hacen tan infelices.

Mi niñez se inclina a mi lado. Demasiado lejos para que yo apoye una mano en ella por una vez ligeramente.

El arte tiene dos lenguas.

Odos los días encuentran su fin.

Mis consumidores (lectores) no son mis propios productores?

Amor, amor, amor ¿por qué me has dejado solo?

Un encuentro, de James Joyce







Se exponen a continuación, dos relatos de la obra Dublineses, de James Joyce, cuyos textos son íntegros.




Un encuentro
[Cuento. Texto completo]
James Joyce
Fue Joe Dillon quien nos dio a conocer el Lejano Oeste. Tenía su pequeña colección de números atrasados de The Union Jack, Pluck y The Halfpenny Marvel. Todas las tardes, después de la escuela, nos reuníamos en el traspatio de su casa y jugábamos a los indios. Él y su hermano menor, el gordo Leo, que era un ocioso, defendían los dos el altillo del establo mientras nosotros tratábamos de tomarlo por asalto; o librábamos una batalla campal sobre el césped. Pero, no importaba lo bien que peleáramos, nunca ganábamos ni el sitio ni la batalla y todo acababa como siempre, con Joe Dillon celebrando su victoria con una danza de guerra. Todas las mañanas sus padres iban a la misa de ocho en la iglesia de la Calle Gardiner y el aura apacible de la señora Dillon dominaba el recibidor de la casa. Pero él jugaba a lo salvaje comparado con nosotros, más pequeños y más tímidos. Parecía un indio de verdad cuando salía de correrías por el traspatio, una funda de tetera en la cabeza y golpeando con el puño una lata, gritando:
-¡Ya, yaka, yaka, yaka!
Nadie quiso creerlo cuando dijeron que tenía vocación para el sacerdocio. Era verdad, sin embargo.
El espíritu del desafuero se esparció entre nosotros y, bajo su influjo, se echaron a un lado todas las diferencias de cultura y de constitución física. Nos agrupamos, unos descaradamente, otros en broma y algunos casi con miedo: y en el grupo de estos últimos, los indios de mala gana que tenían miedo de parecer aplicados o alfeñiques, estaba yo. Las aventuras relatadas en las novelitas del Oeste eran de por sí remotas, pero, por lo menos, abrían puertas de escape. A mí me gustaban más esos cuentos de detectives norteamericanos en que de vez en cuando pasan muchachas toscas, salvajes y bellas. Aunque no había nada malo en esas novelitas y sus intenciones muchas veces eran literarias, en la escuela circulaban en secreto. Un día cuando el padre Butler nos tomaba las cuatro páginas de Historia Romana, al chapucero de Leo Dillon lo cogieron con un número de The Halfpenny Marvel.
-¿Esta página o ésta? ¿Esta página? Pues vamos a ver, Dillon, adelante. Apenas el día hubo... ¡Siga! ¿Qué día? Apenas el día hubo levantado... ¿Estudió usted esto? ¿Qué es esa cosa que tiene en el bolsillo?
Cuando Leo Dillon entregó la revista todos los corazones dieron un salto y pusimos cara de no romper un plato. El padre Butler la hojeó, ceñudo.
-¿Qué es esta basura? -dijo-. ¡El jefe apache! ¿Es esto lo que ustedes leen en vez de estudiar Historia Romana? No quiero encontrarme más esta condenada bazofia en esta escuela. El que la escribió supongo que debe de ser un condenado plumífero que escribe estas cosas para beber. Me sorprende que jóvenes como ustedes, educados, lean cosa semejante. Lo entendería si fueran ustedes alumnos de... escuela pública. Ahora, Dillon, se lo advierto seriamente, aplíquese o...
Tal reprimenda durante las sobrias horas de clase amenguó mucho la aureola del Oeste y la cara de Leo Dillon, confundida y abofada, despertó en mí más de un escrúpulo. Pero en cuanto la influencia moderadora de la escuela quedaba atrás empezaba a sentir otra vez el hambre de sensaciones sin freno, del escape que solamente estas crónicas desaforadas parecían ser capaces de ofrecerme. La mimética guerrita vespertina se volvió finalmente tan aburrida para mí como la rutina de la escuela por la mañana, porque lo que yo deseaba era correr verdaderas aventuras. Pero las aventuras verdaderas, pensé, no le ocurren jamás a los que se quedan en casa: hay que salir a buscarlas en tierras lejanas.
Las vacaciones de verano estaban ahí al doblar cuando decidí romper la rutina escolar aunque fuera por un día. Junto con Leo Dillon y un muchacho llamado Mahony planeamos un día furtivo. Ahorramos seis peniques cada uno. Nos íbamos a encontrar a las diez de la mañana en el puente del canal. La hermana mayor de Mahony le iba a escribir una disculpa y Leo Dillon le iba a decir a su hermano que dijese que su hermano estaba enfermo. Convinimos en ir por Wharf Road, que es la calle del muelle, hasta llegar a los barcos, luego cruzaríamos en la lanchita hasta el Palomar. Leo Dillon tenía miedo de que nos encontráramos con el padre Butler o con alguien del colegio; pero Mahony le preguntó, con muy buen juicio, que qué iba a hacer el padre Butler en el Palomar. Tranquilizados, llevé a buen término la primera parte del complot haciendo una colecta de seis peniques por cabeza, no sin antes enseñarles a ellos a mi vez mis seis peniques. Cuando hacíamos los últimos preparativos la víspera, estábamos algo excitados. Nos dimos las manos, riendo, y Mahony dijo:
-Hasta mañana, socios.
Esa noche dormí mal. Por la mañana, fui el primero en llegar al puente, ya que yo vivía más cerca. Escondí mis libros entre la yerba crecida cerca del cenizal y al fondo del parque, donde nadie iba, y me apresuré malecón arriba. Era una tibia mañana de la primera semana de junio. Me senté en la albarda del puente a contemplar mis delicados zapatos de lona que diligentemente blanqueé la noche antes y a mirar los dóciles caballos que tiraban cuesta arriba de un tranvía lleno de empleados. Las ramas de los árboles que bordeaban la alameda estaban de lo más alegres con sus hojitas verde claro y el sol se escurría entre ellas hasta tocar el agua. El granito del puente comenzaba a calentarse y empecé a golpearlo con la mano al compás de una tonada que tenía en la mente. Me sentí de lo más bien.
Llevaba sentado allí cinco o diez minutos cuando vi el traje gris de Mahony que se acercaba. Subía la cuesta, sonriendo, y se trepó hasta mí por el puente. Mientras esperábamos sacó el tiraflechas que le hacía bulto en un bolsillo interior y me explicó las mejoras que le había hecho. Le pregunté por qué lo había traído y me explicó que era para darles a los pájaros donde les duele. Mahony sabía hablar jerigonza y a menudo se refería al padre Butler como el Mechero de Bunsen. Esperamos un cuarto de hora o más, pero así y todo Leo Dillon no dio señales. Finalmente, Mahony se bajó de un brinco, diciendo:
-Vámonos. Ya sabía yo que ese manteca era un fulastre.
-¿Y sus seis peniques...? -dije.
-Perdió prenda -dijo Mahony-. Y mejor para nosotros: en vez de seis, tenemos nueve peniques cada uno.
Caminamos por el North Strand Road hasta que llegamos a la planta de ácido muriático y allí doblamos a la derecha para coger por los muelles. Tan pronto como nos alejamos de la gente, Mahony comenzó a jugar a los indios. Persiguió a un grupo de niñas andrajosas, apuntándoles con su tiraflechas, y cuando dos andrajosos empezaron, de galantes, a tiramos piedras, Mahony propuso que les cayéramos arriba. Me opuse diciéndole que eran muy chiquitos para nosotros y seguimos nuestro camino, con toda la bandada de andrajosos dándonos gritos de Cuá, cuá, ¡cuáqueros!, creyéndonos protestantes, porque Mahony, que era muy prieto, llevaba la insignia de un equipo de críquet en su gorra. Cuando llegamos a La Plancha planeamos ponerle sitio; pero fue todo un fracaso, porque hacen falta por lo menos tres para un sitio. Nos vengamos de Leo Dillon declarándolo un fulastre y tratando de adivinar los azotes que le iba a dar la señora Ryan a las tres.
Luego llegamos al río. Nos demoramos bastante por unas calles de mucho movimiento entre altos muros de mampostería, viendo funcionar las grúas y las maquinarias y más de una vez los carretoneros nos dieron gritos desde sus carretas crujientes para activarnos. Era mediodía cuando llegamos a los muelles y, como los estibadores parecían estar almorzando, nos compramos dos grandes panes de pasas y nos sentamos a comerlos en unas tuberías de metal junto al río. Nos dimos gusto contemplando el tráfico del puerto -las barcazas anunciadas desde lejos por sus bucles de humo, la flota pesquera, parda, al otro lado de Ringsend, los enormes veleros blancos que descargaban en el muelle de la orilla opuesta. Mahony habló de la buena aventura que sería enrolarse en uno de esos grandes barcos, y hasta yo, mirando sus mástiles, vi, o imaginé, cómo la escasa geografía que nos metían por la cabeza en la escuela cobraba cuerpo gradualmente ante mis ojos. Casa y colegio daban la impresión de alejarse de nosotros y su influencia parecía que se esfumaba.
Cruzamos el Liffey en la lanchita, pagando por que nos pasaran en compañía de dos obreros y de un judío menudo que cargaba con una maleta. Estábamos todos tan serios que resultábamos casi solemnes, pero en una ocasión durante el corto viaje nuestros ojos se cruzaron y nos reímos. Cuando desembarcamos vimos la descarga de la linda goleta de tres palos que habíamos contemplado desde el muelle de enfrente. Algunos espectadores dijeron que era un velero noruego. Caminé hasta la proa y traté de descifrar la leyenda inscrita en ella pero, al no poder hacerlo, regresé a examinar a los marinos extranjeros para ver si alguno tenía los ojos verdes, ya que tenía confundidas mis ideas... Los ojos de los marineros eran azules, grises y hasta negros. El único marinero cuyos ojos podían llamarse con toda propiedad verdes era uno grande, que divertía al público en el muelle gritando alegremente cada vez que caían las albardas:
-¡Muy bueno! ¡Muy bueno!
Cuando nos cansamos de mirar nos fuimos lentamente hasta Ringsend. El día se había hecho sofocante y en las ventanas de las tiendas unas galletas mohosas se desteñían al sol. Compramos galletas y chocolate, que comimos muy despacio mientras vagábamos por las mugrientas calles en que vivían las familias de los pescadores. No encontramos ninguna lechería, así que nos llegamos a un vendedor ambulante y compramos una botella de limonada de frambuesa para cada uno. Ya refrescado, Mahony persiguió un gato por un callejón, pero se le escapó hacia un terreno abierto. Estábamos bastante cansados los dos y cuando llegamos al campo nos dirigimos enseguida hacia una cuesta empinada desde cuyo tope pudimos ver el Dodder.
Se había hecho demasiado tarde y estábamos muy cansados para llevar a cabo nuestro proyecto de visitar el Palomar. Teníamos que estar de vuelta antes de las cuatro o nuestra aventura se descubriría. Mahony miró su tiraflechas, compungido, y tuve que sugerir regresar en el tren para que recobrara su alegría. El sol se ocultó tras las nubes y nos dejó con los anhelos mustios y las migajas de las provisiones.
Estábamos solos en el campo. Después de estar echados en la falda de la loma un rato sin hablar, vi un hombre que se acercaba por el lado lejano del terreno. Lo observé desganado mientras mascaba una de esas cañas verdes que las muchachas cogen para adivinar la suerte. Subía la loma lentamente. Caminaba con una mano en la cadera y con la otra agarraba un bastón con el que golpeaba la yerba con suavidad.
Se veía miserable en su traje verdinegro y llevaba un sombrero de copa alta. Debía de ser viejo, porque su bigote era cenizo. Cuando pasó junto a nuestros pies nos echó una mirada rápida y siguió su camino. Lo seguimos con la vista y vimos que no había caminado cincuenta pasos cuando se viró y volvió sobre sus pasos. Caminaba hacia nosotros muy despacio, golpeando siempre el suelo con su bastón, y lo hacía con tanta lentitud que pensé que buscaba algo en la yerba.
Se detuvo cuando llegó al nivel nuestro y nos dio los buenos días. Correspondimos y se sentó junto a nosotros en la cuesta, lentamente y con mucho cuidado. Empezó hablando del tiempo, diciendo que iba a hacer un verano caluroso, pero añadió que las estaciones habían cambiado mucho desde su niñez -hace mucho tiempo. Habló de que la época más feliz es, indudablemente, la de los días escolares y dijo que daría cualquier cosa por ser joven otra vez. Mientras expresaba semejantes ideas, bastante aburridas, nos quedamos callados. Luego empezó a hablar de la escuela y de libros. Nos preguntó si habíamos leídos los versos de Tomás Moro o las obras de Walter Scott y de Lytton. Yo aparenté haber leído todos esos libros de los que él hablaba, por lo que finalmente me dijo:
-Ajá, ya veo que eres ratón de biblioteca, como yo. Ahora -añadió, apuntando para Mahony, que nos miraba con los ojos abiertos-, que éste se ve que es diferente: lo que le gusta es jugar.
Dijo que tenía todos los libros de Walter Scott y de Lytton en su casa y nunca se aburría de leerlos.
-Por supuesto -dijo-, que hay algunas obras de Lytton que un menor no puede leer.
Mahony le preguntó que por qué no las podían leer, pregunta que me sobresaltó y abochornó porque temí que el hombre iba a creer que yo era tan tonto como Mahony. El hombre, sin embargo, se sonrió. Vi que tenía en su boca grandes huecos entre los dientes amarillos. Entonces nos preguntó que quién de los dos tenía más novias. Mahony dijo a la ligera que tenía tres chiquitas. El hombre me preguntó cuántas tenía yo. Le respondí que ninguna. No quiso creerme y me dijo que estaba seguro que debía de tener por lo menos una. Me quedé callado.
-Dígame -dijo Mahoney, parejero, al hombre- ¿y cuántas tiene usted?
El hombre sonrió como antes y dijo que cuando él era de nuestra edad tenía novias a montones.
-Todos los muchachos -dijo- tienen noviecitas.
Su actitud sobre este particular me pareció extrañamente liberal para una persona mayor. Para mí que lo que decía de los muchachos y de las novias era razonable. Pero me disgustó oírlo de sus labios y me pregunté por qué le darían tembleques una o dos veces, como si temiera algo o como si de pronto tuviera escalofrío. Mientras hablaba me di cuenta de que tenía un buen acento. Empezó a hablarnos de las muchachas, de lo suave que tenían el pelo y las manos y de cómo no todas eran tan buenas como parecían si uno no sabía a qué atenerse. Nada le gustaba tanto, dijo, como mirar a una muchacha bonita, con sus suaves manos blancas y su lindo pelo sedoso. Me dio la impresión de que estaba repitiendo algo que se había aprendido de memoria o de que, atraída por las palabras que decía, su mente daba vueltas una y otra vez en una misma órbita. A veces hablaba como si hiciera alusión a hechos que todos conocían, otras bajaba la voz y hablaba misteriosamente, como si nos estuviera contando un secreto que no quería que nadie más oyera. Repetía sus frases una y otra vez, variándolas y dándoles vueltas con su voz monótona. Seguí mirando hacia el bajío mientras lo escuchaba.
Después de un largo rato hizo una pausa en su monólogo. Se puso en pie lentamente, diciendo que tenía que dejarnos por uno o dos minutos más o menos, y, sin cambiar yo la dirección de mi mirada, lo vi alejarse lentamente camino del extremo más próximo del terreno. Nos quedamos callados cuando se fue. Después de unos minutos de silencio oí a Mahony exclamar:
-¡Mira  lo que hace!
Como ni miré ni levanté la vista, Mahony exclamó de nuevo:
-¡Pero mira eso!... ¡Qué viejo más estrambótico!
-En caso de que nos pregunte el nombre -dije-, tú te llamas Murphy y yo me llamo Smith.
No dijimos más. Estaba aún considerando si irme o quedarme cuando el hombre regresó y otra vez se sentó al lado nuestro. Apenas se había sentado cuando Mahony, viendo de nuevo el gato que se le había escapado antes, se levantó de un salto y lo persiguió a campo traviesa. El hombre y yo presenciamos la cacería. El gato se escapó de nuevo y Mahony empezó a tirarle piedras a la cerca por la que subió. Desistiendo, empezó a vagar por el fondo del terreno, errático.
Después de un intervalo el hombre me habló. Me dijo que mi amigo era un travieso y me preguntó si le daban azotes con frecuencia en la escuela. Estuve a punto de decirle que no éramos alumnos de la escuela pública para que nos dieran azotes, como decía él; pero me quedé callado. Empezó a hablar sobre la manera de castigar a los muchachos. Su mente, como imantada de nuevo por lo que decía, pareció dar vueltas y más vueltas lentas alrededor de su nuevo eje. Dijo que cuando los muchachos eran así había que darles azotes y darles duro. Cuando un muchacho salía travieso y malo no había nada que le hiciera tanto bien como una buena paliza. Un manotazo o un tirón de orejas no bastaba: lo que estaba pidiendo era una buena paliza en caliente. Me sorprendió su ánimo, por lo que involuntariamente eché un vistazo a su cara. Al hacerlo, encontré su mirada: un par de ojos color verde botella que me miraban debajo de una frente fruncida. De nuevo desvié la vista.
El hombre siguió con su monólogo. Parecía haber olvidado su liberalismo de hace poco. Dijo que si él encontraba a un muchacho hablando con una muchacha o teniendo novia lo azotaría y lo azotaría: y que eso le enseñaría a no andar hablando con muchachas. Y si un muchacho tenía novia y decía mentiras, le daba una paliza como nunca le habían dado a nadie en este mundo. Dijo que no había nada en el mundo que le agradara más. Me describió cómo le daría una paliza a semejante mocoso como si estuviera revelando un misterio barroco. Esto le gustaba a él, dijo, más que nada en el mundo; y su voz, mientras me guiaba monótona a través del misterio, se hizo afectuosa, como si me rogara que lo comprendiera.
Esperé a que hiciera otra pausa en su monólogo. Entonces me puse en pie de repente. Por miedo a traicionar mi agitación me demoré un momento, aparentando que me arreglaba un zapato y luego, diciendo que me tenía que ir, le di los buenos días. Subí la cuesta en calma pero mi corazón latía rápido del miedo a que me agarrara por un tobillo. Cuando llegué a la cima me volví y, sin mirarlo, grité a campo traviesa:
-¡Murphy!
Había un forzado dejo de bravuconería en mi voz y me abochorné de treta tan burda. Tuve que gritar de nuevo antes de que Mahony me viera y respondiera con otro grito. ¡Cómo latió mi corazón mientras él corría hacia mí a campo traviesa! Corría como si viniera en mi ayuda. Y me sentí un penitente arrepentido: porque dentro de mí había sentido por él siempre un poco de desprecio.
FIN

Después de la carrera, de James Joyce




Después de la carrera





[Cuento. Texto completo]
James Joyce





Los carros venían volando hacia Dublín, deslizándose como balines por la curva del camino de Naas. En lo alto de la loma, en Inchicore, los espectadores se aglomeraban para presenciar la carrera de vuelta, y por entre este canal de pobreza y de inercia, el Continente hacía desfilar su riqueza y su industria acelerada. De vez en cuando los racimos de personas lanzaban al aire unos vítores de esclavos agradecidos. No obstante, simpatizaban más con los carros azules -los carros de sus amigos los franceses.
Los franceses, además, eran los supuestos ganadores. El equipo francés llegó entero a los finales en los segundos y terceros puestos, y el chofer del carro ganador alemán se decía que era belga. Cada carro azul, por tanto, recibía doble dosis de vítores al alcanzar la cima, y las bienvenidas fueron acogidas con sonrisas y venias por sus tripulantes. En uno de aquellos autos de construcción compacta venía un grupo de cuatro jóvenes, cuya animación parecía por momentos sobrepasar con mucho los límites del galicismo triunfante: es más, dichos jóvenes se veían alborotados. Eran Charles Ségouin, dueño del carro; André Riviére, joven electricista nacido en Canadá; un húngaro grande llamado Villona y un joven muy bien cuidado que se llamaba Doyle. Ségouin estaba de buen humor porque inesperadamente había recibido algunas órdenes por adelantado (estaba a punto de establecerse en el negocio de automóviles en París) y Riviére estaba de buen humor porque había sido nombrado gerente de dicho establecimiento; estos dos jóvenes (que eran primos) también estaban de buen humor por el éxito de los carros franceses. Villona estaba de buen humor porque había comido un almuerzo muy bueno; y, además, porque era optimista por naturaleza. El cuarto miembro del grupo, sin embargo, estaba demasiado excitado para estar verdaderamente contento.
Tenía unos veintiséis años de edad, con un suave bigote castaño claro y ojos grises un tanto inocentes. Su padre, que comenzó en la vida como nacionalista avanzado, había modificado sus puntos de vista bien pronto. Había hecho su dinero como carnicero en Kingstown y al abrir carnicería en Dublín y en los suburbios logró multiplicar su fortuna varias veces. Tuvo, además, la buena fortuna de asegurar contratos con la policía y, al final, se había hecho tan rico como para ser aludido en la prensa de Dublín como príncipe de mercaderes. Envió a su hijo a educarse en un gran colegio católico de Inglaterra y después lo mandó a la universidad de Dublín a estudiar derecho. Jimmy no anduvo muy derecho como estudiante y durante cierto tiempo sacó malas notas. Tenía dinero y era popular; y dividía su tiempo, curiosamente, entre los círculos musicales y los automovilísticos. Luego, lo enviaron por un trimestre a Cambridge a que viera lo que es la vida. Su padre, amonestante pero en secreto orgulloso de sus excesos, pagó sus cuentas y lo mandó llamar. Fue en Cambridge que conoció a Ségouin. No eran más que conocidos entonces, pero Jimmy halló sumo placer en la compañía de alguien que había visto tanto mundo y que tenía reputación de ser dueño de uno de los mayores hoteles de Francia. Valía la pena (como convino su padre) conocer a una persona así, aun si no fuera la compañía grata que era. Villona también era divertido -un pianista brillante-, pero, desgraciadamente, pobre.
El carro corría con su carga de jacarandosa juventud. Los dos primos iban en el asiento delantero; Jimmy y su amigo húngaro se sentaban detrás. Decididamente, Villona estaba en gran forma; por el camino mantuvo su tarareo de bajo profundo durante kilómetros. Los franceses soltaban carcajadas y palabras fáciles por encima del hombro y más de una vez Jimmy tuvo que estirarse hacia delante para coger una frase al vuelo. No le gustaba mucho, ya que tenía que acertar con lo que querían decir y dar su respuesta a gritos y contra la ventolera. Además que el tarareo de Villona los confundía a todos; y el ruido del carro también.
Recorrer rápido el espacio, alboroza; también la notoriedad; lo mismo la posesión de riquezas. He aquí tres buenas razones para la excitación de Jimmy. Ese día muchos de sus conocidos lo vieron en compañía de aquellos continentales. En el puesto de control, Ségouin lo presentó a uno de los competidores franceses y, en respuesta a su confuso murmullo de cumplido, la cara curtida del automovilista se abrió para revelar una fila de relucientes dientes blancos. Después de tamaño honor era grato regresar al mundo profano de los espectadores entre codazos y miradas significativas. Tocante al dinero: tenía de veras acceso a grandes sumas. Ségouin tal vez no pensaría que eran grandes sumas, pero Jimmy, quien a pesar de sus errores pasajeros era en su fuero interno heredero de sólidos instintos, sabía bien con cuánta dificultad se había amasado esa fortuna. Este conocimiento mantuvo antaño sus cuentas dentro de los límites de un derroche razonable, y si estuvo consciente del trabajo que hay detrás del dinero cuando se trataba nada más del engendro de una inteligencia superior, ¡cuánto no más ahora, que estaba a punto de poner en juego una mayor parte de su sustancia! Para él esto era cosa seria.
Claro que la inversión era buena y Ségouin se las arregló para dar la impresión de que era como favor de amigo que esa pizca de dinero irlandés se incluiría en el capital de la firma. Jimmy respetaba la viveza de su padre en asuntos de negocios y en este caso fue su padre quien primero sugirió la inversión; mucho dinero en el negocio de automóviles, a montones. Todavía más, Ségouin tenía una inconfundible aura de riqueza. Jimmy se dedicó a traducir en términos de horas de trabajo ese auto señorial en que iba sentado. ¡Con qué suavidad avanzaba! ¡Con qué estilo corrieron por caminos y carreteras! El viaje puso su dedo mágico sobre el genuino pulso de la vida y, esforzado, el mecanismo nervioso humano intentaba quedar a la altura de aquel veloz animal azul.
Bajaron por la Calle Dame. La calle bullía con un tránsito desusado, resonante de bocinas de autos y de campanillazos de tranvías. Ségouin arrimó cerca del banco y Jimmy y su amigo descendieron. Un pequeño núcleo de personas se reunió para rendir homenaje al carro ronroneante. Los cuatro comerían juntos en el hotel de Ségouin esa noche y, mientras tanto, Jimmy y su amigo, que paraba en su casa, regresarían a vestirse. El auto dobló lentamente por la Calle Grafton mientras los dos jóvenes se desataban del nudo de espectadores. Caminaron rumbo al norte curiosamente decepcionados por el ejercicio, mientras que arriba la ciudad colgaba pálidos globos de luz en el halo de la noche estival.
En casa de Jimmy se declaró la comida ocasión solemne. Un cierto orgullo se mezcló a la agitación paterna y una decidida disposición, también, de tirar la casa por la ventana, pues los nombres de las grandes ciudades extranjeras tienen por lo menos esa virtud. Jimmy, él también, lucía muy bien una vez vestido, y al pararse en el corredor, dando aprobación final al lazo de su smoking, su padre debió de haberse sentido satisfecho, aun comercialmente hablando, por haber asegurado para su hijo cualidades que a menudo no se pueden adquirir. Su padre, por lo mismo, fue desusadamente cortés con Villona y en sus maneras expresaba verdadero respeto por los logros foráneos; pero la sutileza del anfitrión probablemente se malgastó en el húngaro, quien comenzaba a sentir unas grandes ganas de comer.
La comida fue excelente, exquisita. Ségouin, decidió Jimmy, tenía un gusto refinadísimo. El grupo se aumentó con un joven irlandés llamado Routh a quien Jimmy había visto con Ségouin en Cambridge. Los cinco cenaron en un cuarto coquetón iluminado por lámparas incandescentes. Hablaron con ligereza y sin ambages. Jimmy, con imaginación exaltada, concibió la ágil juventud de los franceses enlazada con elegancia al firme marco de modales del inglés. Grácil imagen ésta, pensó, y tan justa. Admiraba la destreza con que su anfitrión manejaba la conversación. Los cinco jóvenes tenían gustos diferentes y se les había soltado la lengua. Villona, con infinito respeto, comenzó a describirle al amablemente sorprendido inglesito las bellezas del madrigal inglés, deplorando la pérdida de los instrumentos antiguos. Riviére, no del todo sin ingenio, se tomó el trabajo de explicarle a Jimmy el porqué del triunfo de los mecánicos franceses. La resonante voz del húngaro estaba a punto de poner en ridículo los espurios laúdes de los pintores románticos, cuando Ségouin pastoreó al grupo hacia la política. He aquí un terreno que congeniaba con todos. Jimmy, bajo influencias generosas, sintió que el celo patriótico, ya bajo tierra, de su padre, le resucitaba dentro: por fin logró avivar al soporífero Routh. El cuarto se caldeó por partida doble y la tarea de Ségouin se hizo más ardua por momentos: hasta se corrió peligro de un pique personal. En una oportunidad, el anfitrión, alerta, levantó su copa para brindar por la Humanidad y cuando terminó el brindis abrió las ventanas significativamente.
Esa noche la ciudad se puso su máscara de gran capital. Los cinco jóvenes pasearon por Stephen's Green en una vaga nube de humos aromáticos. Hablaban alto y alegre, las capas colgándoles de los hombros. La gente se apartaba para dejarlos pasar. En la esquina de la Calle Grafton un hombre rechoncho embarcaba a dos mujeres en un auto manejado por otro gordo. El auto se alejó y el hombre rechoncho atisbó al grupo.
-André.
-¡Pero si es Farley!
Siguió un torrente de conversación. Farley era americano. Nadie sabía a ciencia cierta de qué hablaban. Villona y Riviére eran los más ruidosos, pero todos estaban excitados. Se montaron a un auto, apretándose unos contra otros en medio de grandes risas. Viajaban por entre la multitud, fundida ahora a colores suaves y a música de alegres campanitas de cristal. Cogieron el tren en Westland Row y en unos segundos, según pareció a Jimmy, estaban saliendo ya de la estación de Kingstown. El colector saludó a Jimmy; era un viejo:
-¡Linda noche, señor!
Era una serena noche de verano; la bahía se extendía como espejo oscuro a sus pies. Se encaminaron hacia allá cogidos de brazos, cantando Cadet Roussel a coro, dando patadas a cada:
-¡Ho! ¡Ho! ¡Hohé, vraiment!
Abordaron un bote en el espigón y remaron hasta el yate del americano. Habría cena, música y cartas. Villona dijo, con convicción:
-¡Es una belleza!
Había un piano de mar en el camarote. Villona tocó un vals para Farley y para Riviére, Farley haciendo de caballero y Riviére de dama. Luego vino una Square dance de improviso, todos inventando las figuras originales. ¡Qué contento! Jimmy participó de lleno; esto era vivir la vida por fin. Fue entonces que a Farley le faltó aire y gritó: ¡Alto! Un camarero trajo una cena ligera y los jóvenes se sentaron a comerla por pura fórmula. Sin embargo, bebían: vino bohemio. Brindaron por Irlanda, Inglaterra, Francia, Hungría, los Estados Unidos. Jimmy hizo un discurso, un discurso largo, con Villona diciendo ¡Vamos! ¡Vamos! a cada pausa. Hubo grandes aplausos cuando se sentó. Debe de haber sido un buen discurso. Farley le palmeó la espalda y rieron a rienda suelta. ¡Qué joviales! ¡Qué buena compañía eran!
¡Cartas! ¡Cartas! Se despejó la mesa. Villona regresó quedo a su piano y tocó a petición. Los otros jugaron juego tras juego, entrando audazmente en la aventura. Bebieron a la salud de la Reina de Corazones y de la Reina de Espadas. Oscuramente Jimmy sintió la ausencia de espectadores: qué golpes de ingenio. Jugaron por lo alto y las notas pasaban de mano en mano. Jimmy no sabía a ciencia cierta quién estaba ganando, pero sí sabía quién estaba perdiendo. Pero la culpa era suya, ya que a menudo confundía las cartas y los otros tenían que calcularle sus pagarés. Eran unos tipos del diablo, pero le hubiera gustado que hicieran un alto: se hacía tarde. Alguien brindó por el yate La Beldad de Newport y luego alguien más propuso jugar un último juego de los grandes.
El piano se había callado; Villona debió de haber subido a cubierta. Era un juego pésimo. Hicieron un alto antes de acabar para brindar por la buena suerte. Jimmy se dio cuenta de que el juego estaba entre Routh y Ségouin. ¡Qué excitante! Jimmy también estaba excitado; claro que él perdió. ¿Cuántos pagarés había firmado? Los hombres se pusieron en pie para jugar los últimos quites, hablando y gesticulando. Ganó Routh. El camarote tembló con los vivas de los jóvenes y se recogieron las cartas. Luego empezaron a colectar lo ganado. Farley y Jimmy eran buenos perdedores.
Sabía que lo lamentaría a la mañana siguiente, pero por el momento se alegró del receso, alegre con ese oscuro estupor que echaba un manto sobre sus locuras. Recostó los codos a la mesa y descansó la cabeza entre las manos, contando los latidos de sus sienes. La puerta del camarote se abrió y vio al húngaro de pie en medio de una luceta gris:
-¡Señores, amanece!
FIN